El espejismo del liderazgo: por qué la ‘asabiyya iraní sobrevive a la decapitación de su élite
La guerra entre Estados Unidos e Irán, desatada por Donald Trump en febrero de 2026, comenzó con lo que muchos analistas describieron como un golpe maestro táctico: la eliminación selectiva del líder supremo, Ali Jamenei, y de varios altos mandos militares . Desde la óptica de la teoría del poder, la estrategia parecía impecable. Siguiendo la tradición de la guerra por "decapitación", Trump parecía aplicar una lógica simple: elimine a la cabeza del régimen y el cuerpo colapsará. Sin embargo, semanas después, no solo el régimen no se ha derrumbado, sino que Irán ha logrado imponer un costoso estancamiento, cerrando de facto el estratégico Estrecho de Ormuz y disparando los precios globales de la energía .
El analista político Umberto Mazzei sostiene que la solidaridad de clase existe, pero se concentra en la élite. Esta idea, llevada al terreno geopolítico, encuentra su complemento perfecto en el concepto de ‘asabiyya de Ibn Jaldún. El fracaso de Trump para asegurar una victoria estratégica sobre Irán, a pesar del exitoso asesinato selectivo de sus líderes, se explica precisamente por la naturaleza de la ‘asabiyya iraní. Mientras Trump concibió el poder como una estructura jerárquica de "puntos" eliminables —propia de la lógica occidental y capitalista—, se encontró con una ‘asabiyya de tipo jalduniano: una solidaridad grupal difusa, arraigada en la cosmovisión chiita y en una memoria histórica de martirio, que no solo no depende de sus líderes vivos, sino que se fortalece con su muerte.
1. La ‘asabiyya como antídoto contra la decapitación
Para Ibn Jaldún, la ‘asabiyya no es un mero sentimiento patriótico, sino la fuerza sociológica que permite a un grupo dominar y perpetuarse. Es un vínculo de lealtad incondicional que trasciende a los individuos. En el caso de Irán, esta ‘asabiyya se compone de tres capas superpuestas: la nacionalista persa, la revolucionaria islámica y, crucialmente, la cosmovisión chiita.
La fuente de la estrategia fallida de Trump radica en una profunda incomprensión de esta naturaleza. Trump y sus asesores concibieron la política iraní como una transacción de bienes raíces en Nueva York o un consejo de administración: elimine al CEO (Jamenei) y a los vicepresidentes (los generales de la Guardia Revolucionaria), y la empresa (la República Islámica) quebrará . Esta es la lógica de los "puntos" que mencionábamos al contrastar a Marx: el poder reside en individuos específicos y en instituciones formales.
Sin embargo, la ‘asabiyya iraní funciona como una topología de "sin puntos primeros". La solidaridad grupal no emana del líder supremo hacia abajo; más bien, el líder supremo es una cristalización temporal de una solidaridad que emerge de la comunidad de creyentes. Los iraníes no vieron la muerte de Jamenei como el fin de su proyecto político, sino como una confirmación de que se encuentran "en el camino del Imam Alí y en el camino de Kerbala. Es decir, en el camino de un destino que tiende hacia Dios" . La muerte del líder, en lugar de disolver la cohesión, la santifica y la eterniza.
2. La trampa del martirio: cuando matar al líder refuerza el grupo
Esta incomprensión de la ‘asabiyya ajena tiene consecuencias prácticas devastadoras para la estrategia estadounidense. La decisión de Trump de ejecutar los ataques selectivos mientras, según se informa, Irán estaba dispuesto a negociar limitaciones nucleares, transformó una posible victoria diplomática en una pesadilla de desgaste . Al convertir a Jamenei en un "mártir inmortal", Trump activó involuntariamente el resorte más poderoso de la solidaridad chiita: la memoria de la opresión y el sacrificio .
Observemos el contraste con el análisis de Mazzei. Mazzei señala que la élite global tiene una sólida solidaridad de clase, pero esa solidaridad es defensiva y materialista: se rompe cuando los costos superan a los beneficios. La ‘asabiyya de una potencia ocupante como Estados Unidos en Oriente Medio es frágil porque depende de resultados tangibles (victorias rápidas, bajas propias reducidas, precio del petróleo estable). En cambio, la ‘asabiyya iraní demostró ser ofensiva y existencial. No se mide en dólares o en territorios conquistados, sino en la capacidad de absorber el golpe y contraatacar, demostrando que el "enemigo" no puede destruir la voluntad colectiva.
La evidencia es contundente. A pesar de la muerte de su líder máximo, Irán no solo no colapsó, sino que lanzó una andanada de cientos de misiles y drones, infligiendo daños significativos en Israel y en las bases estadounidenses del Golfo . Más importante aún, cerró el Estrecho de Ormuz, demostrando que el poder iraní no reside en la persona de Jamenei, sino en su capacidad material y simbólica para controlar el flujo energético global . Como ironiza un analista, la solicitud de Trump de que sus aliados enviaran flotas para despejar el estrecho fue un acto de "desesperación" que evidenció su falta de plan B .
3. El vacío estratégico de la "descapitación"
La teoría de la guerra por decapitación, tan popular en el Pentágono, asume que las organizaciones son racionales y centralizadas. Pero una ‘asabiyya fuerte, como la iraní, es un sistema adaptativo complejo. Decapitar a la serpiente no la mata si la serpiente es, en realidad, un sistema nervioso distribuido.
Trump cayó en la misma arrogancia que sus predecesores en Vietnam, Irak y Afganistán: creer que el poder aéreo y la eliminación de líderes enemigos bastan para doblegar a una nación . Pero a diferencia de Irak, donde la ‘asabiyya baazista era un artefacto impuesto por un partido único y un dictador, la ‘asabiyya iraní tiene raíces milenarias. Como señala un editorial, Trump "no tenía un plan para lograr la desaparición del régimen iraní" más allá de esperar que el pueblo se levantara espontáneamente . Cuando las protestas no llegaron, la estrategia se desmoronó.
La clave del fracaso está en la diferencia entre táctica y estrategia. Las bajas tácticas infligidas a Irán han sido severas: sus defensas aéreas están dañadas, su economía estrangulada y sus proxies debilitados . Sin embargo, la victoria estratégica —el colapso del régimen o una rendición incondicional— sigue siendo un espejismo. Porque la ‘asabiyya iraní, al igual que la solidaridad de élite que describe Mazzei, funciona como un comité de emergencia: frente a una amenaza externa, las facciones internas (incluso los reformistas) cierran filas en torno a un nacionalismo que trasciende al propio gobierno de los clérigos.
Conclusión: La victoria que no llega
El régimen de Donald Trump, a pesar de sus indudables éxitos tácticos en la eliminación de la cúpula iraní, no ha logrado una victoria estratégica porque libró la guerra equivocada. Pensó que atacaba un Estado, pero se enfrentó a una "asabiyya". Pensó que matar líderes generaría caos y rendición, pero generó martirio y resistencia. Pensó que la solidaridad de la élite iraní era frágil y dependiente de unos pocos "puntos", pero descubrió que era una propiedad emergente, distribuida y profundamente arraigada en la memoria histórica y religiosa civilizatoria.
La lección para la teoría política es clara, y retoma el hilo de nuestro análisis anterior sobre Ibn Jaldún, Mosca y Marx: el poder no es solo estructura económica o jerarquía militar, sino también cohesión simbólica y cultural. La ‘asabiyya iraní ha demostrado ser más resistente que los misiles Tomahawk. Mientras Trump negocia un alto el fuego que muchos interpretan como una retirada encubierta , su fracaso evidencia que, en geopolítica, no basta con tener la bomba más grande. Hay que entender el alma del adversario. Y Trump, el negociador de bienes raíces, no supo ver que no estaba negociando con una empresa en quiebra, sino con una civilización que ha convertido la supervivencia frente al imperio en su razón de ser.
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