La solidaridad de la élite: El deporte fue la respuesta ante la caída imperial

 La solidaridad de la élite: continuidades de la ‘asabiyya desde Ibn Jaldún hasta Thomas Arnold

Introducción

La palabra “solidaridad” evoca inmediatamente imágenes de obreros unidos, movimientos sociales o comunidades que resisten la opresión. Sin embargo, el analista político Umberto Mazzei ha planteado una tesis incómoda pero difícil de refutar: la solidaridad de clase existe, pero se concentra en la élite. Esta afirmación invierte el sentido común progresista y nos obliga a reconsiderar qué entendemos por cohesión grupal, poder y perpetuación de las desigualdades.


Para dotar de profundidad histórica y teórica a esta intuición, conviene remontarse al siglo XIV y al genial pensador magrebí Ibn Jaldún. En su Muqaddimah (Introducción a la historia universal), acuñó el concepto de ‘asabiyya, traducible como “solidaridad grupal” o “espíritu de cuerpo”. Lejos de ser una reliquia del pensamiento medieval, la ‘asabiyya ofrece un modelo explicativo que reaparece –a veces de forma implícita– en teorías posteriores sobre las élites, el Estado y la educación. Este ensayo sostiene tres tesis: primero, que la ‘asabiyya es un precursor conceptual directo del elitismo político de Gaetano Mosca; segundo, que puede interpretarse mediante una topología de lo local a lo global que se contrapone a la lógica puntual y ocasional de la acumulación marxista; y tercero, que el educador Thomas Arnold de Rugby comprendió la decadencia moral como una pérdida de ‘asabiyya y propuso el deporte como su principal mecanismo de preservación. Al final, estas tres continuidades confluyen en una misma lección: la cohesión del grupo dominante no es accidental, sino el resultado de prácticas deliberadas que deben ser analizadas con la misma seriedad con que se estudia la solidaridad popular.


1. Ibn Jaldún y la fuerza motriz de la ‘asabiyya

Ibn Jaldún (1332-1406) escribió su obra monumental para explicar el auge y la caída de las dinastías en el mundo islámico y bereber. Frente a las explicaciones providencialistas o meramente cronológicas, propuso una teoría sociológica audaz: ningún grupo accede al poder ni lo mantiene sin una sólida ‘asabiyya. Este vínculo puede tener origen en la sangre, el parentesco o la vecindad, pero con el tiempo se transforma en un sentimiento compartido de destino común, lealtad incondicional y disposición al sacrificio.


La ‘asabiyya sigue un ciclo natural. En su fase ascendente, un grupo nómada o periférico, dotado de una solidaridad ruda y efectiva, conquista territorios y funda una dinastía. Una vez instalado en el poder, el grupo gobernante se vuelve sedentario, disfruta del lujo, delega la defensa en mercenarios y, lo más importante, su ‘asabiyya se diluye. La corrupción moral y el individualismo reemplazan al espíritu de cuerpo, abriendo la puerta a que otro grupo con una solidaridad más fresca tome el relevo. La historia, para Ibn Jaldún, no es sino la sucesión de estas oleadas de cohesión y disolución.


Lo crucial es que la ‘asabiyya no es un mero agregado de intereses individuales. Es una propiedad emergente que trasciende a sus miembros. Por eso, cuando Mazzei afirma que la élite contemporánea exhibe una fuerte solidaridad de clase, está redescubriendo –quizás sin saberlo– el núcleo del análisis jalduniano: el poder no es cuestión de riqueza o inteligencia aisladas, sino de capacidad para actuar como un bloque cohesionado en defensa de intereses comunes.


2. Umberto Mazzei: la solidaridad de clase invertida

Mazzei observa un fenómeno paradójico en las democracias capitalistas avanzadas. Mientras las clases populares suelen presentarse fragmentadas –por identidades, por sectores laborales, por geografías–, las élites económicas y políticas demuestran una notable unidad de propósito. Comparten escuelas de élite, redes de contactos, matrimonios entre familias poderosas, clubes privados y, sobre todo, una ideología común que legitima sus privilegios (el mérito, la eficiencia, la inevitabilidad de la desigualdad).


Esta solidaridad no es caridad ni altruismo; es una estrategia de perpetuación. Se manifiesta en la defensa arancelaria de ciertos sectores, en la movilidad coordinada de capitales, en la redacción de tratados comerciales que benefician a las multinacionales, y en la ocupación de los puestos clave del Estado por personas que comparten la misma visión del mundo. Mazzei no denuncia una conspiración explícita (aunque a veces lo parezca), sino una convergencia orgánica de intereses que actúa exactamente como la ‘asabiyya jalduniana: garantiza la estabilidad del grupo dominante y dificulta cualquier intento de transformación desde abajo.


Aquí aparece la primera gran continuidad. Para Ibn Jaldún, la ‘asabiyya ascendente era la que permitía conquistar el poder; para Mazzei, en cambio, la solidaridad de élite es una ‘asabiyya descendente o defensiva, cuyo objetivo no es construir un nuevo orden sino preservar el existente. Sin embargo, el mecanismo sociológico es idéntico: cohesión grupal frente a una mayoría desorganizada.


3. De Ibn Jaldún a Gaetano Mosca: el nacimiento del elitismo político

La teoría de las élites del siglo XIX y principios del XX debe mucho más a Ibn Jaldún de lo que suele reconocerse. Gaetano Mosca (1858-1941), en sus Elementos de ciencia política, formuló la tesis de que en toda sociedad existe una clase política minoritaria y organizada que gobierna sobre una mayoría desorganizada. Mosca argumentaba que la clase gobernante no se define solo por la riqueza o el nacimiento, sino por su capacidad para organizarse, para ofrecer una “fórmula política” que legitime su dominio y para renovarse internamente.


La similitud con la ‘asabiyya es evidente. Mosca, sin embargo, vivió en la era del Estado-nación, los parlamentos y los partidos de masas, por lo que su análisis se centra en las instituciones formales. Mientras que Ibn Jaldún pensaba en clanes beduinos y dinastías guerreras, Mosca piensa en burócratas, oficiales del ejército y diputados. Pero el corazón del fenómeno es el mismo: la minoría gobernante solo puede mantenerse en el poder si posee un fuerte espíritu de cuerpo.


La escuela italiana del elitismo –completada por Vilfredo Pareto con su teoría de la “circulación de las élites”– toma el ciclo jalduniano y lo seculariza. Pareto describe cómo las élites decaen cuando se vuelven blandas, individualistas o corruptas, y son reemplazadas por élites más audaces provenientes de las capas bajas. Sin la ‘asabiyya de Ibn Jaldún, este proceso carecería de su motor sociológico. Por tanto, podemos afirmar sin exageración que el concepto jalduniano es el proto-elitismo, y que Mosca, Pareto y Robert Michels son sus herederos modernos.


4. Topología frente a puntos: Ibn Jaldún y Marx en contraste

Para comprender mejor la especificidad de la ‘asabiyya, resulta útil recurrir a una analogía topológica sugerida por el propio hilo de esta conversación. La ‘asabiyya funciona como un espacio sin puntos primeros: no surge de una decisión individual ni de un contrato inicial, sino de la interacción cara a cara en un ámbito local (la tribu, el barrio, la escuela de élite). Solo después, cuando esa cohesión alcanza cierta masa crítica, pueden emerger “puntos” –un Estado, una jerarquía, instituciones formales– que cristalizan la fuerza grupal. El objetivo de este proceso no es una ganancia ocasional, sino la ganancia perpetua: la perpetuación del poder del grupo a lo largo del tiempo.


Esta lógica se opone frontalmente al análisis marxista tradicional. Para Marx, el punto de partida es la firma individual (el capitalista, la empresa), que busca maximizar beneficios en cada transacción. La competencia entre estos puntos genera contradicciones, crisis y, eventualmente, la necesidad de que la burguesía se organice como clase. El Estado aparece entonces como un “comité central” que administra los intereses comunes de toda la clase capitalista. Pero la dirección del flujo es inversa: de los puntos individuales a la estructura agregada, y de la ganancia ocasional a la reproducción del sistema.


En cambio, Ibn Jaldún nos invita a pensar que la cohesión grupal precede a la formación del poder formal. Las élites no se unen porque tengan intereses económicos comunes (aunque también), sino porque comparten una socialización previa, un estilo de vida, un lenguaje de clase. La topología de la ‘asabiyya es la de un campo de fuerzas donde las posiciones (los puntos) dependen de la intensidad del vínculo colectivo, y no al revés. Esta diferencia tiene implicaciones políticas radicales: si Marx nos enseña a analizar las contradicciones entre capitalistas, la perspectiva jalduniana nos alerta sobre la capacidad de la élite para suspender sus disputas internas frente a una amenaza externa (por ejemplo, un movimiento popular). La solidaridad de élite es, precisamente, esa capacidad de cierre de filas que la teoría de la competencia capitalista tiende a subestimar.


5. Thomas Arnold y el deporte como preservación de la ‘asabiyya

Si la ‘asabiyya es tan decisiva, ¿cómo se reproduce y se mantiene en el tiempo? La respuesta más conocida proviene del ámbito educativo, gracias a la obra de Thomas Arnold de Rugby (1795-1842). Nombrado headmaster de la Rugby School en 1828, Arnold se encontró con una institución violenta, indisciplinada y moralmente laxa. Su diagnóstico fue que la sociedad inglesa sufría una decadencia moral –un término que podría traducirse sin violencia como una pérdida de ‘asabiyya entre las clases altas. Los jóvenes aristócratas y burgueses que salían de las escuelas públicas no tenían espíritu de cuerpo, ni lealtad al bien común, ni disposición al sacrificio por el grupo.


La solución de Arnold fue revolucionaria: poner el deporte organizado en el centro del currículo educativo. No se trataba de mero ejercicio físico, sino de una pedagogía moral. En el campo de juego, los estudiantes aprendían disciplina, trabajo en equipo, respeto por las reglas (fair play), liderazgo y –lo más importante– lealtad al grupo. El equipo, la casa (house) y finalmente la escuela se convertían en los objetos de una solidaridad práctica, experimentada en el cuerpo y no solo en el discurso.


Arnold no conocía a Ibn Jaldún, pero su intuición fue extraordinariamente jalduniana. Comprendió que la ‘asabiyya no es un concepto abstracto, sino algo que se entrena y se ritualiza. El deporte, con su combinación de competición, riesgo, cooperación y catarsis colectiva, era el laboratorio perfecto para forjar una élite cohesionada. Como luego reconocería el Barón de Coubertin –inspirado directamente por el modelo de Rugby–, ese espíritu construido en los campos de juego se convirtió en la “piedra angular del Imperio Británico”. La ‘asabiyya de los administradores coloniales, los oficiales del ejército y los políticos victorianos se había fraguado en los partidos de cricket, rugby y fútbol de las escuelas públicas.


Hoy, este mecanismo sigue vigente. Los colegios de élite en todo el mundo invierten enormes recursos en deportes, no por amor a la actividad física, sino porque saben que allí se forjan redes de confianza y lealtad que durarán toda la vida. La solidaridad de la élite que describe Mazzei no es un milagro espontáneo: es el resultado de una educación deliberada que Thomas Arnold sistematizó hace casi dos siglos.


Conclusión: una misma raíz para fenómenos aparentemente dispersos

Hemos recorrido un largo camino que va desde las tribus beduinas del siglo XIV hasta las escuelas públicas inglesas del siglo XIX, pasando por las teorías del elitismo y las controversias con el marxismo. En todos estos casos, subyace una misma idea central: la cohesión del grupo dominante es un fenómeno sociológico real, poderoso y, a menudo, deliberadamente cultivado.


Ibn Jaldún nos dio el concepto –la ‘asabiyya–; Mazzei lo actualizó al mostrar que la solidaridad de clase no es patrimonio de los oprimidos; Mosca lo incorporó a la ciencia política moderna; el contraste con Marx revela su lógica topológica frente al individualismo metodológico de la firma; y Thomas Arnold nos mostró cómo se educa esa solidaridad a través del deporte.


Lejos de ser una curiosidad histórica, la ‘asabiyya es una herramienta analítica indispensable para comprender nuestro presente. Cuando observamos que las grandes fortunas se coordinan en fondos de inversión, que las multinacionales comparten directivos en consejos de administración cruzados, que las escuelas de élite producen generaciones de políticos y banqueros que se reconocen mutuamente, y que el deporte de alto rendimiento sigue siendo un vector de cohesión nacionalista y corporativa, estamos viendo la continuidad viva de la idea de Ibn Jaldún.


La pregunta política fundamental que nos deja este ensayo es incómoda pero necesaria: si la solidaridad de la élite es tan eficaz, ¿por qué la solidaridad popular sigue siendo tan frágil? La respuesta quizá no sea solo económica o estructural, sino también educativa y ritual. Mientras las clases populares carezcan de espacios donde forjar su propia ‘asabiyya –donde aprender lealtad, sacrificio y espíritu de cuerpo–, la élite seguirá ganando la partida no por su riqueza, sino por su capacidad de actuar como un solo hombre. Como ya sabía Thomas Arnold, la solidaridad se entrena, no se decreta. Y esa es una lección que ningún movimiento transformador debería olvidar.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Modelo PETRO (Pequeña Economía en Tensión con Resiliencia Organizada)

La Media Luna Fértil. Orígenes parte 2

La domesticación del perro fue clave en el poblamiento de América