Cromwell, el mar y el retorno de los judíos: Actas de Navegación, proteccionismo y fundación de una nueva Inglaterra



I. Introducción: Inglaterra en el umbral del siglo del mar


En la mitad del siglo XVII, Inglaterra atravesaba un momento de profunda reconfiguración política, religiosa y económica. El reinado de Carlos I había terminado en la guerra civil y en su ejecución, mientras la monarquía se disolvía temporalmente para dar paso a un experimento inédito: la Commonwealth inglesa, encabezada por Oliver Cromwell (1599–1658). Este periodo no fue solo una pausa monárquica; fue el laboratorio donde se definió el destino marítimo y comercial de Inglaterra.


El proyecto cromwelliano articuló, por primera vez de manera sistemática, tres dimensiones que serían fundacionales para el futuro Imperio británico:


La hegemonía naval y mercantil, consolidada por las Actas de Navegación (Navigation Acts, 1651).


El proteccionismo económico, como instrumento de soberanía comercial y de debilitamiento de los rivales europeos, sobre todo Holanda.


La apertura estratégica a las comunidades judías sefarditas y asquenazíes, que aportaron redes financieras, comerciales y diplomáticas fundamentales.


Estas tres políticas —militar, económica y religiosa— no fueron compartimentos estancos: formaron un entramado geopolítico, una verdadera arquitectura del poder inglés en ciernes. El ensayo que sigue explorará cómo las Actas de Navegación instituyeron un nuevo proteccionismo marítimo, cómo este se convirtió en el esqueleto de un capitalismo nacionalista, y cómo el retorno de los judíos a Inglaterra, facilitado por Cromwell, completó ese diseño al dotarlo de un sistema financiero y comercial internacional.


II. Las Actas de Navegación: el mar como frontera económica


Las Navigation Acts promulgadas en 1651 bajo el gobierno de Cromwell fueron, en sentido estricto, una legislación mercantilista destinada a controlar el comercio marítimo y reforzar la marina inglesa. Sin embargo, en un sentido más profundo, constituyeron el acta de nacimiento del proteccionismo moderno y del imperio comercial británico.


El texto de 1651, titulado An Act for increase of Shipping and Encouragement of the Navigation of this Nation, establecía dos principios fundamentales:


Solo los barcos ingleses (o pertenecientes al país productor de las mercancías) podían importar bienes a Inglaterra o a sus colonias.


Los capitanes y la mayoría de la tripulación debían ser ingleses, para asegurar el control de la mano de obra marítima y evitar el predominio extranjero.


El objetivo inmediato era frenar el monopolio comercial de los neerlandeses, que dominaban el transporte marítimo europeo gracias a su poderosa flota y a su sistema financiero avanzado. Los comerciantes holandeses controlaban la intermediación de productos coloniales como el azúcar, el tabaco o las especias, obtenidos de las Antillas y Asia. Cromwell comprendió que Inglaterra, si quería emanciparse económicamente, debía romper esa dependencia.


Las Actas de Navegación respondían así a una doctrina de soberanía comercial, que transformaba el océano en un campo de batalla económico. El mar dejaba de ser un espacio abierto y neutral para convertirse en una extensión del territorio inglés, regulado por su ley. Con ello, se sentaban las bases de lo que Carl Schmitt siglos después llamaría una nomos marítimo, una apropiación jurídica del espacio oceánico.


En 1651, esta legislación era más que una medida económica: era una declaración de guerra económica contra Holanda. En efecto, al año siguiente estalló la Primera Guerra Anglo-Holandesa (1652–1654), donde la joven marina de Cromwell, comandada por Robert Blake, se enfrentó con éxito a la veterana flota neerlandesa. La victoria inglesa significó el comienzo del desplazamiento de Holanda como potencia marítima dominante.


III. El proteccionismo como programa de Estado


El proteccionismo de Cromwell no fue un simple arancelismo ni una medida coyuntural: fue el corazón ideológico del Estado republicano inglés. Su objetivo era integrar la producción, el transporte y el comercio bajo una lógica nacional, donde cada eslabón de la cadena económica reforzara la autonomía del país.


En términos teóricos, la política cromwelliana prefiguró las ideas de Friedrich List dos siglos después: la defensa del "sistema nacional de economía política". Cromwell comprendió que el libre comercio solo beneficiaba a quienes ya poseían el capital, la flota y las rutas establecidas —es decir, a los neerlandeses y venecianos—. Inglaterra debía proteger sus industrias y su marina hasta alcanzar una madurez que le permitiera competir en igualdad de condiciones.


El proteccionismo se manifestó en varias dimensiones:


Económica: estímulo a la construcción naval y prohibición de importar barcos extranjeros, fomentando así la industria marítima nacional.


Colonial: restricción del comercio de las colonias con potencias extranjeras, obligándolas a comerciar exclusivamente con Inglaterra (lo que luego se conocería como el “sistema de convoy”).


Militar: expansión de la Armada y control de los puertos estratégicos, como Jamaica (conquistada en 1655) y Dunkerque.


Social y laboral: creación de empleo marítimo y disciplina del trabajo mediante la incorporación de marineros y soldados en la expansión imperial.


Cromwell veía el mar como un campo de entrenamiento moral y religioso: la expansión marítima era, para él, también una misión providencial, destinada a extender la “nueva Israel” puritana por el mundo. Esta teología del comercio coincidía con la lectura puritana del Antiguo Testamento: el pueblo elegido debía purificarse, conquistar su tierra (o su mar) y fundar una sociedad justa bajo la ley divina.


El proteccionismo, por tanto, no era solo económico: era un instrumento de redención nacional. En él se fundían la teología y la economía, la predestinación y la disciplina laboral, la fe y la contabilidad.


IV. Cromwell y la cuestión judía: el retorno del pueblo expulsado


En este marco de reconstrucción nacional, Cromwell dio un paso audaz y simbólicamente decisivo: permitió el retorno de los judíos a Inglaterra, tras casi 400 años de expulsión.


Desde el decreto de Eduardo I en 1290, los judíos habían sido oficialmente proscritos del territorio inglés. No existía ninguna comunidad judía reconocida legalmente desde entonces. Sin embargo, en la Europa del siglo XVII, las comunidades sefarditas —expulsadas de España y Portugal en 1492 y 1497— habían establecido poderosas redes comerciales en Ámsterdam, Hamburgo, Venecia y el Caribe. Su dominio del comercio internacional, su experiencia financiera y su conexión con el mundo atlántico los convertían en actores estratégicos.


Cromwell, pragmático y visionario, comprendió el potencial de esas redes. En 1655, recibió en Londres a Menasseh ben Israel, un rabino y erudito sefardita radicado en Ámsterdam, quien le presentó la célebre Petition for the Readmission of the Jews. Ben Israel argumentaba que el retorno de los judíos a Inglaterra no solo sería justo y bíblicamente necesario, sino también beneficioso para el comercio.


El tema fue debatido en la Conferencia de Whitehall en diciembre de 1655. Aunque el Parlamento no emitió una resolución formal, Cromwell no se opuso a la presencia judía y permitió, de hecho, su establecimiento silencioso. Así, el retorno de los judíos no se debió a una ley explícita, sino a una tolerancia política y práctica, sostenida por el propio Lord Protector.


Detrás de esta decisión había motivaciones religiosas y económicas complementarias:


Religiosamente, Cromwell creía en la profecía de la restauración del pueblo de Israel como paso previo al milenio cristiano.


Económicamente, veía en los judíos aliados naturales contra Holanda y España, pues poseían información, capital y conexiones comerciales que podían beneficiar a Inglaterra.


De este modo, el retorno de los judíos a Inglaterra no fue un acto de mera tolerancia religiosa, sino una decisión geoeconómica inscrita en la estrategia proteccionista más amplia de Cromwell.


V. La primera sinagoga y la fundación de una nueva comunidad


A partir de 1656, un pequeño grupo de familias sefarditas, originarias de Portugal y de las Antillas neerlandesas, se estableció discretamente en Londres. Entre ellas destacaban los nombres de Antonio Fernández Carvajal, Simon de Caceres y Manuel Martinez Dormido, comerciantes y armadores con fuertes vínculos en la red atlántica.


En 1657, Cromwell concedió permiso tácito para que estas familias adquirieran un terreno para enterramientos en Mile End, lo que marcó el reconocimiento práctico de la comunidad judía. Poco después, en 1656–1657, se estableció una casa de oración en Creechurch Lane, en el barrio de la City, considerada la primera sinagoga moderna en Inglaterra.


Aunque el edificio era modesto y su existencia casi clandestina, simbolizaba un cambio histórico: por primera vez desde la Edad Media, el judaísmo volvía a tener presencia visible y organizada en suelo inglés.


Esa primera sinagoga sefardita sería el germen de la Bevis Marks Synagogue, inaugurada en 1701, la más antigua aún en uso en el Reino Unido. Su continuidad institucional evidencia que el retorno judío, iniciado bajo Cromwell, no fue un episodio pasajero, sino el inicio de una integración estructural entre las redes comerciales judías y el sistema inglés.


Las familias sefarditas introdujeron técnicas bancarias, seguros marítimos, letras de cambio y mecanismos de crédito que alimentaron la expansión del comercio inglés en el Caribe y el Mediterráneo. De hecho, varios de sus descendientes participarían, ya bajo los Estuardos restaurados, en la fundación del Banco de Inglaterra (1694) y en el desarrollo del mercado financiero londinense.


VI. Cromwell entre la espada y la balanza: del puritanismo al capitalismo


El proyecto de Cromwell encarna una de las paradojas más fecundas de la modernidad: un líder teocrático que funda, sin saberlo del todo, los pilares del capitalismo liberal.


Su proteccionismo puritano buscaba aislar a Inglaterra del mundo católico y de sus “corrupciones” morales, pero al mismo tiempo, al abrir el país al comercio global y a las finanzas judías, sentó las bases del cosmopolitismo económico británico.


El resultado fue una síntesis peculiar:


Una ética del trabajo y de la disciplina, inspirada en el calvinismo.


Un Estado fuerte y protector, que regulaba los flujos materiales y humanos.


Y una red internacional de crédito y comercio, donde la identidad nacional se volvía funcional al capital.


En este cruce entre lo teológico y lo financiero, entre la Biblia y la bolsa, nació el modelo inglés de poder global. Cromwell fue, en este sentido, el precursor de una razón de Estado económica: el interés nacional articulado como interés comercial.


El mar, en su proyecto, fue tanto un campo de misión como una empresa mercantil; el barco, tanto una iglesia flotante como una fábrica móvil. Y los judíos, al regresar, se convirtieron en los mediadores simbólicos y reales de esa nueva economía: puente entre la promesa divina y la circulación del dinero.


VII. Legado: de las Actas de Navegación al Imperio británico


Las Actas de Navegación no desaparecieron con la muerte de Cromwell en 1658 ni con la restauración monárquica de 1660. Al contrario, Carlos II las confirmó y amplió, reconociendo su eficacia. El proteccionismo marítimo se mantuvo vigente durante más de dos siglos, hasta su derogación en 1849, tras la victoria ideológica del libre comercio.


Durante ese largo período, las Actas se convirtieron en la columna vertebral del imperio británico. Sus efectos fueron múltiples:


Consolidaron la hegemonía inglesa en el Atlántico.


Fortalecieron la marina mercante y la flota de guerra.


Integraron las colonias en un circuito cerrado controlado desde Londres.


Fomentaron la industria naval, los astilleros y la metalurgia.


Y sentaron las bases del sistema financiero mundial con sede en la City.


El retorno de los judíos complementó esta estructura con un componente financiero global. En el siglo XVIII, casas bancarias de origen sefardita, como los Goldsmid y los Montefiore, desempeñaron papeles decisivos en la financiación del comercio y de la deuda pública. El sistema de crédito estatal, sostenido por el Banco de Inglaterra, fue la continuación natural de las redes comerciales inauguradas en tiempos de Cromwell.


Así, la política cromwelliana —militar en apariencia, religiosa en motivación, económica en sustancia— fue el acto fundacional del capitalismo anglosajón. Donde otros veían una revolución religiosa, Cromwell construía una infraestructura económica; donde otros imaginaban una guerra santa, él inauguraba la era de la guerra económica.


VIII. Cromwell, el mar y el exilio inverso


La historia tiene ironías profundas: Cromwell, el puritano que había prohibido los teatros y persiguió las fiestas populares, permitió el regreso de un pueblo exiliado y abrió el camino a la modernidad comercial. Su proyecto no sobrevivió políticamente —la monarquía volvió—, pero su arquitectura económica y simbólica sí.


Las Actas de Navegación pueden leerse como el equivalente marítimo de un muro aduanero, pero también como el comienzo de una nueva globalización controlada. Inglaterra, al cerrar su mercado a los intermediarios extranjeros, no se aisló del mundo: se apropió de sus flujos. El proteccionismo cromwelliano fue una técnica de absorción: excluir para dominar.


En ese sentido, el retorno de los judíos no contradijo el espíritu proteccionista; lo complementó. Los judíos no representaban “extranjeros” en el sentido político, sino mediadores universales: agentes de la circulación de información, crédito y mercancías. Cromwell, al permitir su regreso, no traicionó su nacionalismo, sino que lo sofisticó. Entendió que el poder nacional moderno no se basa solo en la exclusión territorial, sino en el control de las redes globales.


IX. Conclusión: el inicio del siglo inglés


El siglo XVII fue para Inglaterra lo que el XV fue para Portugal: el momento de su vocación oceánica. Pero mientras los portugueses y españoles habían conquistado el mar con crucifijos y galeones, Inglaterra lo conquistó con leyes y contabilidad. Las Actas de Navegación fueron su carta náutica; el proteccionismo, su brújula moral; y el retorno de los judíos, su timón financiero.


El legado de Cromwell puede resumirse en una paradoja luminosa: el puritano intolerante que abrió las puertas de Inglaterra a los expulsados; el militar republicano que fundó el capitalismo monárquico; el nacionalista que comprendió la importancia de las redes internacionales.


En su obra se conjugan tres fuerzas que aún definen la modernidad:


La soberanía económica, entendida como control de las rutas y del trabajo.


La universalidad financiera, encarnada en las redes judías y en el crédito global.


Y la disciplina religiosa, transformada en ética del trabajo y del cálculo.


De esa fusión nació la Inglaterra que dominaría los mares, las colonias y las finanzas por más de dos siglos. Cromwell, sin proponérselo, había escrito el prólogo de la historia moderna del capitalismo mundial.

I. Contexto: de la aristocracia terrateniente al poder financiero


Cuando Oliver Cromwell permitió, de facto, el regreso de los judíos a Inglaterra en 1655–1656, el país estaba saliendo de una guerra civil que había enfrentado a dos mundos:


La vieja nobleza terrateniente (royalists o cavaliers), vinculada a la monarquía de los Estuardo, al catolicismo residual y a una economía agraria basada en rentas feudales.


La nueva nobleza y burguesía puritana (parliamentarians o roundheads), aliada al comercio, a la manufactura, y a una visión protestante del trabajo y la riqueza.


Cromwell representaba a esta segunda élite: una nobleza de origen mercantil, que buscaba consolidar un Estado moderno, protestante y marítimo.


En ese marco, los judíos sefarditas y marranos que comenzaron a instalarse en Londres no eran campesinos ni refugiados pobres, sino comerciantes, banqueros y armadores internacionales con experiencia en crédito, seguros y metales preciosos. Muchos provenían de Ámsterdam, Hamburgo o las colonias caribeñas.


Por eso, desde el comienzo, su relación con la nobleza inglesa no fue de integración social (como matrimonios o convivencia), sino de colaboración económica y política:

una alianza entre el capital móvil (judío-sefardita) y el poder político-territorial (aristocrático o parlamentario).


II. La primera fase (1655–1660): Cromwell y la “protección tácita”


Durante el Protectorado (1653–1658), Cromwell fue el principal garante de la seguridad de los judíos. Aunque nunca se promulgó una ley formal que los readmitiera, él los protegió mediante decretos administrativos y su influencia personal.


Cromwell necesitaba financiamiento para la marina y para sus campañas contra España y Holanda. Algunos comerciantes sefarditas, como Antonio Fernández Carvajal y Simon de Caceres, le prestaron dinero y actuaron como intermediarios de inteligencia y aprovisionamiento naval.


Estos judíos también eran dueños de flotas privadas y participaron en el comercio atlántico de azúcar, tabaco y metales.


A cambio, Cromwell les otorgó libertad de culto privada y les permitió comprar un terreno para el cementerio de Mile End (1657), gesto que equivalía al reconocimiento legal de su comunidad.


La nobleza puritana que rodeaba a Cromwell veía con recelo el aspecto religioso (por su anticatolicismo extremo y su literalismo bíblico), pero valoraba la utilidad económica de las redes judías. En este sentido, la alianza era puramente pragmática:


“Los judíos traen dinero, comercio e información; Inglaterra les da protección y puerto seguro.”


III. Segunda fase (1660–1688): Restauración y acomodamiento silencioso


Con la Restauración de Carlos II (1660), los Estuardo regresaron al trono. En teoría, podría haberse revertido el favor cromwelliano hacia los judíos, pero ocurrió lo contrario: la monarquía restaurada mantuvo la tolerancia práctica.


¿Por qué?

Porque muchos nobles restauracionistas tenían inversiones en comercio colonial y necesitaban capital.

Los judíos sefarditas se habían convertido ya en actores clave de:


el comercio del azúcar de las Indias Occidentales,


el abastecimiento de metales desde España y Portugal,


y los seguros marítimos.


Los nobles ingleses empezaron a asociarse con banqueros sefarditas o a emplearlos como agentes de inversión y de crédito.


Ejemplos:


Antonio Fernández Carvajal, llamado “el judío del Protector”, fue luego proveedor de la corte de Carlos II.


Las familias Mendes da Costa, Nunes da Costa, y Levi financiaron operaciones marítimas y actuaron como intermediarios para la importación de oro y plata ibéricos.


No hubo integración social (no se mezclaban en cenas ni matrimonios), pero sí una red de conveniencia mutua:

la nobleza aportaba influencia política y acceso a cargos públicos;

las familias judías, liquidez, crédito y conocimiento del comercio global.


IV. Tercera fase (1688–1714): Revolución Gloriosa y consolidación financiera


La verdadera fusión estructural entre la aristocracia inglesa y las élites judías ocurrió tras la Revolución Gloriosa (1688), que instauró una monarquía parlamentaria y protestante bajo Guillermo III de Orange.


A partir de este momento, Inglaterra experimentó tres transformaciones paralelas:


La creación de un mercado de deuda pública.


La fundación del Banco de Inglaterra (1694).


El surgimiento de una aristocracia financiera, compuesta por nobles, mercaderes y banqueros.


En este nuevo sistema, la antigua nobleza terrateniente comenzó a convertirse en rentista financiero: invertía en deuda pública, en compañías de comercio (como la East India Company o la Royal African Company) y en seguros marítimos.


Las familias judías —especialmente las sefarditas— fueron pioneras en la ingeniería de crédito, manejo de letras de cambio, y redes de información internacional.

No eran todavía parte de la nobleza, pero eran sus socios financieros.


Entre los siglos XVII y XVIII, esa colaboración dio lugar a familias híbridas de poder, en las que los aristócratas delegaban la gestión financiera a banqueros judíos, mientras mantenían su rol político.

Ejemplo posterior: los Goldsmid, los Montefiore y, más adelante, los Rothschild en el siglo XIX, consolidarían este patrón de alianza.


En resumen:


La nobleza inglesa aportó legitimidad política y territorial;

las familias judías aportaron liquidez, redes internacionales y técnicas de crédito.


De esa simbiosis nació el modelo británico del capitalismo financiero, donde el título aristocrático se funde con el balance bancario.


V. Dimensiones simbólicas y religiosas de la alianza


Más allá del dinero, hubo un trasfondo ideológico y religioso importante:

los puritanos ingleses veían a los judíos como pueblo elegido y consideraban su retorno a Inglaterra un signo escatológico, preludio del Reino de Dios.


Así, la presencia judía tenía un doble valor:


Económico, como motor del comercio.


Teológico, como cumplimiento de las profecías bíblicas.


Cromwell y sus sucesores compartían la idea de que Inglaterra era la “nueva Israel”, y que los judíos debían regresar para que la promesa divina se cumpliera.


Por eso, incluso los nobles puritanos más ortodoxos veían en los judíos instrumentos providenciales, aunque no los aceptaran socialmente. La nobleza anglicana posterior, más pragmática, transformó esa visión teológica en una lógica de utilidad económica y financiera.


VI. Contrastes sociales: distancia y dependencia


A nivel cotidiano, los judíos sefarditas de Londres del siglo XVII vivían en comunidades cerradas, alrededor de Creechurch Lane y luego Bevis Marks.

No se mezclaban con la nobleza inglesa ni con los gremios, debido a restricciones legales y a diferencias culturales.


Sin embargo, mantenían relaciones estrechas con la City of London, donde operaban las grandes casas mercantiles y financieras.

Allí coincidían con agentes y representantes de la nobleza que participaban en compañías marítimas.


Es decir: no hubo convivencia social, pero sí coexistencia funcional.

Los nobles necesitaban a los judíos para financiar expediciones y operaciones coloniales;

los judíos necesitaban a los nobles para obtener privilegios legales y estabilidad política.


Este equilibrio —distante pero eficaz— perduró hasta bien entrado el siglo XVIII.


VII. Consecuencias estructurales a largo plazo


Financiarización del poder aristocrático:

La nobleza inglesa, tradicionalmente rural, aprendió a vivir de rentas financieras, bonos y comercio.

Su riqueza dejó de depender solo de la tierra y comenzó a medirse en capital líquido.


Nacimiento del capitalismo “de Estado” británico:

La alianza entre aristócratas, banqueros y comerciantes —muchos de ellos judíos— dio forma a un Estado que combinaba monarquía parlamentaria, imperialismo y crédito público.


Aparición de una élite cosmopolita:

Las redes sefarditas conectaban Londres con Ámsterdam, Livorno, Esmirna y el Caribe.

Esto convirtió a la City en el nodo financiero más conectado de Europa.


Transición del proteccionismo al imperio:

Las Actas de Navegación aseguraron el monopolio marítimo inglés;

el capital judío facilitó el flujo de crédito y de información que sostuvo esa expansión.


En suma: la alianza entre la nobleza inglesa y las familias judías de origen sefardita fue el motor invisible del Imperio británico, una alianza donde la espada y la pluma, la tierra y el oro, la teología y el crédito se entrelazaron.


VIII. Conclusión


La relación entre la nobleza inglesa y los judíos retornados bajo Cromwell fue una alianza instrumental, nacida del cálculo político y de la necesidad económica, pero que acabó transformando las estructuras del poder occidental.


No fue una relación de integración social ni de asimilación cultural, sino de complementariedad funcional:


Los judíos aportaron el capital, las redes internacionales y la cultura del crédito.


La nobleza aportó el poder político, la protección legal y el acceso al Estado.


Ambas partes se necesitaban: una para sobrevivir, la otra para modernizarse.

Y de esa convergencia nació el modelo financiero británico, donde el capital internacional se funde con la soberanía nacional.


En perspectiva histórica, Cromwell fue el mediador de esa unión improbable.

Su visión puritana del “pueblo elegido” y su proteccionismo económico abrieron el camino para que Inglaterra dejara de ser un reino agrícola y se convirtiera en una potencia marítima, mercantil y financiera, cuyo nervio central estaría, paradójicamente, en la comunidad que un día había sido expulsada.

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