La irreversibilidad como condición de emergencia del orden: de Sismondi a Prigogine

Introducción


Durante más de dos siglos, la economía política, la física y la filosofía natural compartieron una intuición implícita: el orden es el estado “normal” del mundo, y el desorden una desviación transitoria. El equilibrio aparecía como el horizonte natural de los sistemas, mientras que la historia —con sus rupturas, crisis y destrucciones— se interpretaba como una perturbación externa o una anomalía explicable por errores, fricciones o ignorancia.


Esta visión alcanza su formulación más rigurosa en la economía clásica ricardiana y, en paralelo, en la física matemática del siglo XIX, particularmente en la obra de Fourier. Ambos logran una formalización elegante de sistemas dinámicos que, aunque incorporan irreversibilidad, la subordinan a un destino final de relajación y homogeneización.


Sin embargo, esta concepción deja escapar un fenómeno decisivo: la emergencia de nuevas formas de orden que no existían previamente y que solo aparecen tras procesos irreversibles de destrucción. Aquí es donde Jean Charles Léonard de Sismondi introduce una ruptura radical. Sin disponer de una matemática avanzada del no-equilibrio, Sismondi comprende que la irreversibilidad no es simplemente una pérdida, sino una condición generativa.


Esta intuición —filosófica, ontológica y epistemológica— reaparecerá, un siglo más tarde, en la obra de Ilya Prigogine bajo la forma de las estructuras disipativas, la teoría del no-equilibrio y la autoorganización. El parentesco no es accidental. Sismondi es, en este sentido, el verdadero precursor conceptual de Prigogine.


1. Ricardo y el mundo cercano al equilibrio


David Ricardo representa el punto culminante de la economía política clásica entendida como teoría del equilibrio dinámico. Aunque incorpora el tiempo y reconoce conflictos distributivos, su marco conceptual presupone que el sistema económico tiende hacia estados relativamente estables, determinados por leyes “naturales” de salarios, renta y beneficios.


En Ricardo:


el crecimiento se desacelera por rendimientos decrecientes,


la historia es un tránsito hacia estados límite,


la crisis no es creadora, sino un problema de ajuste.


Este enfoque es profundamente análogo a la física newtoniana y, más tarde, a la termodinámica cercana al equilibrio: el sistema se desplaza, oscila, pero no reinventa su estructura. El tiempo no deja huella ontológica; solo mide el ajuste.


2. Fourier: irreversibilidad formal, ontología conservadora


Fourier introduce una auténtica revolución matemática al formalizar procesos irreversibles mediante ecuaciones diferenciales parabólicas. La ecuación del calor rompe la reversibilidad temporal de la mecánica clásica y establece que ciertos procesos solo pueden evolucionar en una dirección.


Sin embargo, la irreversibilidad en Fourier tiene un significado preciso y limitado:


es disipativa,


es suavizante,


conduce inexorablemente al equilibrio.


La difusión elimina gradientes, borra diferencias, homogeneiza el sistema. La irreversibilidad destruye estructura, pero nunca la crea. El equilibrio es el destino natural, y el orden se identifica con la uniformidad.


Aquí aparece el límite fundamental de Fourier: su matemática no puede captar la emergencia de nuevas formas de organización. Todo proceso irreversible es, en última instancia, una pérdida de información.


3. Sismondi: irreversibilidad histórica y destrucción creadora


Sismondi introduce una ruptura silenciosa pero profunda. A diferencia de Ricardo, no concibe el capitalismo como un sistema autorregulado que converge naturalmente al equilibrio. Observa, en cambio, una dinámica marcada por:


crisis recurrentes,


destrucciones reales de riqueza,


empobrecimiento social,


reorganizaciones estructurales posteriores.


Para Sismondi, la historia económica no es un ajuste continuo, sino una sucesión de rupturas irreversibles. El capitalismo, lejos de optimizar suavemente, necesita destruir para reiniciar su ciclo productivo. Esta intuición —que Rosa Luxemburgo retomará más tarde— anticipa una idea central del no-equilibrio: la destrucción es condición de posibilidad del orden futuro.


La famosa metáfora —asociada retrospectivamente a la figura de Shiva— es aquí perfectamente pertinente: creación y destrucción no son opuestas, sino fases inseparables de un mismo proceso.


4. Imperios como estructuras disipativas históricas


Sismondi extiende esta intuición a la historia larga de las formaciones sociales.


Roma esclavista: su orden depende de la expansión continua hacia nuevos territorios y nuevos esclavos. Cuando cesa la expansión, el sistema pierde su fuente de energía y colapsa.


Feudalismo europeo: se reorganiza sobre la base de nuevas tierras cultivables y condiciones climáticas favorables (el óptimo cálido medieval).


Capitalismo moderno: según Sismondi y luego Luxemburgo, requiere un “exterior” —nuevos mercados, colonias, periferias— para sostener su dinámica interna.


En todos los casos, el orden no es estático ni autosuficiente. Es una estructura disipativa histórica, sostenida por flujos irreversibles de energía, trabajo y destrucción.


5. Por qué esto no es Schumpeter (ni Friedman)


Es crucial distinguir esta concepción de la historia de dos interpretaciones posteriores que la trivializan.


Schumpeter habla de “destrucción creativa”, pero la integra dentro de una narrativa de ciclos económicos relativamente regulares. La destrucción es un momento funcional del proceso de innovación, no una ruptura ontológica. El sistema, en última instancia, se optimiza dinámicamente.


Milton Friedman y la economía intergeneracional llevan aún más lejos esta neutralización: el tiempo se convierte en una variable de optimización, el futuro en una extensión del presente, y la irreversibilidad desaparece como problema real.


En ambos casos, la historia es reducida a dinámica, no a devenir irreversible. Sismondi, en cambio, no habla de ciclos suaves, sino de pérdidas reales, de destrucciones que no se compensan, y de órdenes que emergen sobre ruinas irreversibles.


6. Prigogine: la formalización tardía de una intuición antigua


Un siglo después, Prigogine demostrará que, lejos del equilibrio, la irreversibilidad puede generar orden. Las estructuras disipativas muestran que sistemas sometidos a flujos constantes pueden:


autoorganizarse,


generar patrones,


aumentar localmente su complejidad.


Aquí aparece, por primera vez, una matemática capaz de formalizar lo que Sismondi había intuido sin ecuaciones: el orden no surge a pesar de la irreversibilidad, sino gracias a ella.


No es casual que Prigogine recurriera frecuentemente a metáforas históricas y mitológicas: imperios que caen, formas que emergen, la figura de Shiva. Él mismo reconocía que su trayectoria pudo haber derivado hacia las ciencias sociales o el derecho. Su sensibilidad histórica no es un adorno, sino una clave interpretativa.


7. Sismondi como precursor sui generis


Sismondi no es un “economista menor” ni un eslabón intermedio. Es un autor sui generis que entiende:


ontológicamente: que el ser social es histórico e irreversible,


epistemológicamente: que el equilibrio es una idealización peligrosa,


filosóficamente: que el orden necesita destrucción.


De ahí la famosa observación —atribuida en algún paper a un autor que lo reconoce sin citarlo—: Sismondi es un autor digno de ser robado. No porque sea marginal, sino porque su intuición es demasiado disruptiva para ser plenamente integrada en los cánones dominantes.


Conclusión


Fourier mostró que la irreversibilidad podía ser formalizada matemáticamente, pero solo como disipación hacia el equilibrio. Ricardo pensó la economía como un sistema que se ajusta, no como uno que se reinventa. Sismondi, en cambio, comprendió que la historia —económica y social— es un proceso irreversible en el que la destrucción es condición de emergencia del orden.


Prigogine no inventa esta intuición; la formaliza en otro dominio. La teoría del no-equilibrio y la autoorganización no son anomalías tardías de la física, sino la culminación matemática de una comprensión histórica profunda que Sismondi ya había articulado en el siglo XIX.


La irreversibilidad no es el enemigo del orden. Es su condición de posibilidad.

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