La irreversibilidad como rasgo ontológico del mundo físico en Prigogine


Durante gran parte del siglo XX, la irreversibilidad fue tratada como un problema epistemológico: una consecuencia de nuestra ignorancia, de aproximaciones estadísticas o de coarse-graining. En este marco, las leyes fundamentales —newtonianas, hamiltonianas o cuánticas— permanecían reversibles, mientras que la flecha del tiempo era atribuida a condiciones iniciales especiales o a limitaciones cognitivas. Ilya Prigogine se opuso radicalmente a esta lectura. Su tesis central fue que la irreversibilidad no es una ilusión, ni un mero artefacto metodológico, sino una propiedad real del mundo físico, que subsiste independientemente de la precisión de nuestras mediciones.


El punto de partida de Prigogine es una crítica al ideal hamiltoniano heredado de la física clásica. En ese ideal, la dinámica es descrita por trayectorias reversibles en un espacio de estados, y el tiempo aparece como un parámetro externo y simétrico. Sin embargo, Prigogine observa que este esquema falla sistemáticamente cuando se enfrenta a sistemas inestables, abiertos o alejados del equilibrio. En ellos, pequeñas perturbaciones no se atenúan, sino que se amplifican; las correlaciones se destruyen de manera irreversible; y la reconstrucción exacta del pasado se vuelve físicamente imposible, no solo prácticamente inviable.


Frente a la explicación clásica —según la cual la irreversibilidad surge porque ignoramos variables microscópicas— Prigogine propone un giro ontológico: incluso con información completa, la evolución no puede invertirse. El problema no es la falta de datos, sino la estructura misma de las leyes dinámicas cuando se formulan adecuadamente para sistemas reales. Esto lo lleva a abandonar el grupo de evolución reversible y a introducir semigrupos temporales, en los que la dinámica solo está definida para 

𝑡

0

t≥0. El futuro existe; el pasado no es reconstruible.


Este cambio formal no es menor. Un grupo implica inversibilidad: cada estado tiene un pasado único. Un semigrupo, en cambio, describe procesos donde múltiples estados pasados colapsan en un mismo presente. Aquí la irreversibilidad no es una elección interpretativa, sino una consecuencia matemática: el operador generador tiene un espectro con parte real negativa, responsable de la pérdida de información dinámica. La flecha del tiempo aparece entonces como estructura espectral, no como convención.


Prigogine extiende esta idea al nivel conceptual del devenir. El mundo no es una colección de estados que “se suceden”, sino un proceso en el que nuevas propiedades emergen. La estabilidad misma es secundaria; lo primario es la inestabilidad creativa. En sistemas disipativos, lejos del equilibrio, la producción de entropía no conduce necesariamente al desorden, sino que puede generar estructuras disipativas: patrones, ciclos, organización. La irreversibilidad no destruye el orden; lo hace posible.


Esto tiene consecuencias profundas para la noción de tiempo. El tiempo ya no es una coordenada geométrica neutra, sino una dimensión productiva. Prigogine habla de un “tiempo interno” asociado a los procesos, distinto del tiempo abstracto de los relojes. Cada sistema posee sus propios tiempos de correlación, definidos por los modos dominantes de su operador dinámico. El devenir no es homogéneo: hay ritmos, jerarquías temporales y escalas irreductibles.


En este punto, la irreversibilidad deja de ser un problema a explicar y se convierte en un principio organizador. La pregunta ya no es “¿por qué el mundo parece irreversible?”, sino “¿por qué insistimos en describirlo como reversible?”. Prigogine invierte la carga de la prueba: es la reversibilidad la que requiere justificación, no la flecha del tiempo.


Este enfoque también redefine la relación entre ciencia y experiencia humana. La temporalidad vivida —el hecho de que el pasado esté cerrado y el futuro abierto— ya no es una ilusión psicológica superpuesta a un mundo atemporal, sino una expresión coherente de la estructura física del devenir. La ciencia deja de negar la experiencia del tiempo y comienza a dialogar con ella.


En síntesis, Prigogine defendió que la irreversibilidad subsiste independientemente de la precisión de nuestras mediciones porque no se origina en la ignorancia, sino en la dinámica misma de los sistemas reales. El mundo no es un mecanismo reversible al que añadimos ruido; es un proceso creativo en el que el tiempo tiene dirección, peso ontológico y eficacia causal. La flecha del tiempo no es una sombra del conocimiento humano: es una propiedad constitutiva de la naturaleza.

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