Tres programas para pensar la forma, el tiempo y el intercambio
Este libro parte de una intuición común que atraviesa tres programas intelectuales separados por siglos y disciplinas, pero unidos por una misma incomodidad: la idea de que el mundo —natural, social o político— pueda entenderse como una máquina en equilibrio. Frente a esa imagen, Leibniz, Prévost–Sismondi y, mucho después, Prigogine, elaboran programas alternativos donde lo fundamental no son los estados, sino las relaciones, los intercambios y los procesos irreversibles.
I. Leibniz y la matemática relacional: el mundo no como cosa, sino como vínculo
El primer programa es el de Leibniz, cuya ambición fue construir una matemática y una metafísica in situ: no una descripción desde fuera, sino una lógica interna de las relaciones. Frente al espacio absoluto de Newton y al tiempo como contenedor vacío, Leibniz propone que el espacio es orden de coexistencias y el tiempo orden de sucesiones. Nada existe aislado; todo existe en relación.
Esta intuición no surge en el vacío. Leibniz estuvo profundamente influido por su contacto con el pensamiento chino, en particular con el I Ching (Libro de los Cambios), que él interpretó como una proto-lógica binaria y, sobre todo, como una ontología del proceso. El mundo no se compone de sustancias estáticas, sino de transformaciones reguladas, de transiciones que conservan forma sin conservar estado. Allí donde la física moderna buscaba trayectorias, Leibniz veía configuraciones relacionales.
Este programa relacional se desarrolla matemáticamente con Euler, se vuelve crítico con Poincaré —cuando la estabilidad y el caos reemplazan al equilibrio—, y encuentra una formulación radical en la topología y, más tarde, en la teoría de categorías de Lawvere, donde el continuo deja de ser un agregado de puntos para convertirse en una estructura de transformaciones. Como ha subrayado David Corfield, esta línea no es marginal: constituye una tradición alternativa de la matemática realista, orientada a la forma del proceso, no al cálculo de trayectorias ideales.
II. Prévost y Sismondi: del calor al intercambio social
El segundo programa nace en Ginebra, en el contexto de la Revolución Industrial, cuando el problema del calor deja de ser una curiosidad física y se convierte en una cuestión civilizatoria. Pierre Prévost, con su teoría del intercambio de calor, rompe con la imagen del calor como fluido almacenado y propone algo decisivo: todo cuerpo intercambia calor continuamente con su entorno. El equilibrio térmico no es reposo, sino balance dinámico de flujos.
Esta idea —intercambio continuo, equilibrio dinámico, irreversibilidad implícita— no se limita a la física. Jean-Charles Léonard de Sismondi, discípulo de Prévost, traslada esta intuición al análisis económico y político. La economía no es una máquina autorregulada que converge suavemente al equilibrio, sino un sistema abierto, atravesado por flujos de trabajo, salario, confianza y sufrimiento social. El retorno al equilibrio, cuando ocurre, se paga con crisis, desempleo y destrucción social.
Sismondi se distancia tanto del mecanicismo newtoniano como del optimismo smithiano. Aunque formado en la economía clásica, introduce una ruptura decisiva: la demanda efectiva depende de los salarios, y la estabilidad no surge del equilibrio, sino de una organización institucional en el tiempo. Incluso su reflexión constitucional rechaza la metáfora del check and balance como máquina estática: la democracia, para Sismondi, es un proceso deliberativo histórico, no un mecanismo automático.
Aquí aparece un rasgo clave del programa Prévost–Sismondi: el uso de analogías estructurales (isomorfismos) entre dominios —calor, economía, política— sin reducir uno a otro. No se trata de metáforas literarias, sino de reconocer formas comunes de intercambio y disipación.
III. De Sismondi a Prigogine: la irreversibilidad como principio
El tercer programa, desarrollado por Ilya Prigogine y la Escuela de Bruselas, puede leerse como una reaparición explícita de esta tradición. Prigogine hace con la química y la física lo que Sismondi había hecho con la economía política: rehabilitar el tiempo, la historia y la irreversibilidad como rasgos constitutivos del mundo.
No es casual que Prigogine se interesara por problemas sociales y económicos, ni que encontrara afinidades con Rosa Luxemburgo: la idea de que los sistemas se estabilizan lejos del equilibrio, que el aumento de flujo puede generar orden (estructuras disipativas), y que el retorno al estado anterior es imposible. En ambos casos, el sistema crea un estado nuevo.
Así como Sismondi trasladó intuiciones termodinámicas al análisis social, Prigogine realiza el movimiento inverso: reintroduce en la física una concepción histórica y estructural del devenir, cercana a la economía política crítica. En palabras contemporáneas, ambos operan una traducción de programas: de la economía a la física, de la física a la economía, manteniendo la forma relacional.
Tres programas del devenir: Leibniz, Prévost y Sismondi como prehistoria de Prigogine
La modernidad científica suele narrarse como una línea clara que va de Galileo y Newton a Einstein y la física contemporánea. Sin embargo, esta narrativa oculta programas alternativos que nunca fueron derrotados intelectualmente, sino postergados por razones metodológicas y políticas. Entre ellos destacan tres: el programa leibniziano del análisis in situ, el programa de intercambio de Prévost, y el programa histórico-social de Sismondi. Estos tres convergen, sin coordinarse explícitamente, en la Escuela de Bruselas de Prigogine y Petrosky, donde el tiempo, el devenir y la irreversibilidad adquieren finalmente estatuto ontológico y matemático.
1. Leibniz y el análisis in situ: de la sustancia al lugar relacional
El programa de Leibniz se opone desde el inicio a la física de trayectorias absolutas. Para Leibniz, el espacio no es un contenedor vacío ni el tiempo una recta homogénea, sino relaciones entre entidades. El análisis in situ significa estudiar los fenómenos desde su lugar relacional, no desde coordenadas externas privilegiadas.
Este programa se desarrolla técnicamente con Euler, quien ya no describe solo trayectorias, sino campos, flujos y distribuciones. La mecánica deja de ser puramente geométrica y se vuelve analítica. Más tarde, Poincaré rompe definitivamente con la ilusión de integrabilidad general: introduce la topología cualitativa, la sensibilidad a condiciones iniciales y la idea de que el comportamiento global no se deduce de ecuaciones locales simples.
En el siglo XX, este linaje desemboca en la teoría de categorías, especialmente en Lawvere, donde:
los objetos importan menos que las relaciones,
la estructura prima sobre la sustancia,
el espacio deja de ser “dónde” y pasa a ser “cómo se conecta”.
Aquí el tiempo ya no es una variable externa, sino algo codificado en los morfismos mismos. Esta es una matemática preparada para el devenir, aunque todavía no lo nombre así.
2. Prévost y el programa del intercambio: equilibrio como flujo activo
Mientras Leibniz atacaba la metafísica del espacio absoluto, Pierre Prévost, en la Ginebra de fines del siglo XVIII, abrió otra grieta decisiva: la del equilibrio entendido como intercambio continuo.
En su teoría del calor radiante, Prévost afirma que:
todos los cuerpos emiten calor constantemente,
el equilibrio térmico no es reposo,
es un balance dinámico de flujos opuestos.
Esta idea es profundamente anti-newtoniana en espíritu, aunque no en forma. El equilibrio deja de ser estado y se convierte en proceso. No hay cancelación perfecta de fuerzas, sino circulación permanente.
Este programa, nacido en la termodinámica primitiva, resulta hoy sorprendentemente actual. La física contemporánea describe las fuerzas fundamentales —interacción fuerte, débil, electromagnetismo— no como fuerzas clásicas, sino como:
intercambios,
campos,
partículas virtuales,
procesos mediadores.
Desde Planck hasta Dirac, pasando por los debates en torno a Einstein (con Mileva Marić como interlocutora intelectual real, aunque históricamente silenciada), la física abandona la imagen de fuerza directa y adopta una ontología de interacciones. Incluso en teorías de gauge, el énfasis no está en partículas aisladas, sino en estructuras holísticas de campo, donde los fotones virtuales no son objetos, sino relaciones activas.
Prévost, sin saberlo, había anticipado esta ontología: el mundo no se sostiene por fuerzas estáticas, sino por intercambios irreversibles.
3. Sismondi: historia, economía y rechazo del equilibrio mecánico
El tercer programa es social, histórico y normativo: Sismondi. Su crítica a la economía clásica no es solo ética, sino epistemológica. Rechaza la idea de que la sociedad funcione como una máquina que busca equilibrio automático. En economía, esto se traduce en su crítica a la sobreproducción y a la miseria generada por ajustes “naturales”. En política, en su rechazo a las constituciones concebidas como sistemas de checks and balances mecánicos.
Para Sismondi:
el equilibrio social cuesta sufrimiento,
la confianza destruida no se recompone automáticamente,
la historia importa.
La sociedad es un sistema irreversible, con memoria. No vuelve al punto inicial tras una crisis; emerge transformada, generalmente empobrecida.
Este programa toma forma explícita con Rosa Luxemburgo, para quien el capitalismo es un sistema abierto que necesita constantemente flujos externos de realización. Más tarde, en David Harvey, reaparece como análisis espacial y temporal del capital: el capital no se equilibra, se desplaza, absorbe y reorganiza territorios.
Sismondi introduce, sin matemáticas, una idea central de la ciencia del no equilibrio: no hay retorno inocente.
4. La Escuela de Bruselas: convergencia tardía
La originalidad de Prigogine y Petrosky consiste en haber proporcionado el lenguaje matemático que faltaba para unificar estos tres programas.
De Leibniz–Euler–Poincaré toman:
la primacía de la estructura,
la dinámica cualitativa,
la renuncia a trayectorias privilegiadas.
De Prévost toman:
el equilibrio como flujo,
la centralidad del intercambio,
la irreversibilidad como rasgo físico.
De Sismondi toman:
el tiempo histórico,
el costo real del ajuste,
la imposibilidad del retorno sin pérdida.
La innovación técnica es decisiva: reemplazar grupos de evolución por semigrupos, aceptar operadores no autoadjuntos, introducir resonancias, tiempos de correlación y espectros disipativos. El tiempo deja de ser un parámetro geométrico y se convierte en estructura del operador dinámico.
Aquí el devenir deja de ser metáfora filosófica: es objeto matemático.
5. Una síntesis no reconocida
Lo notable es que estos programas nunca se pensaron como uno solo. Sin embargo, hoy:
la física fundamental habla de interacción,
la matemática habla de relaciones y categorías,
la economía crítica habla de flujos, crisis y no-equilibrio,
la climatología y la biología trabajan con múltiples tiempos irreversibles.
Todos operan, de facto, dentro del paradigma del devenir, cuya genealogía va de Leibniz a Prigogine pasando por Ginebra y por Sismondi.
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